Es un tratamiento sencillo. Las luces que ingeriré no contienen hierbas delicadas ni aromas orientales, son cosas muy locales. Sin embargo, no por ello hay que despreciar el tratamiento. Entender las indicaciones ideales como una buen receta hacen que esto sea más interesante, profundo, lejano y mío.
Primera dosis: estoy bien. Mi cuerpo responde bien a la luz, la saliva se hace densa, luego es normal. La garganta asimila las cosas y luego la luz recorre un oscuro pasaje. Mi cerebro identifica de qué se trata y es afectado. ¿Soy mi cerebro? ¿Si descubro mi neuroimagen y la interpreto correctamente, eso soy? ¿Entonces soy libre? ¿Pero si el cerebro es cuestión de evolución no puedo hacer algo aún? ¿Hasta qué edad?
Media hora. Llevo media hora con el tratamiento y veo que mi mal flota. Mentira, no veo flotar mi mal, sólo flirteo con una dama joven, sensual, inocente y maldita. Viene a mi memoria mi primer encuentro con esta señorita: tapó mis ojos y dijo que me llevaría a la salida porque yo no podía estar en ese sitio. Me llevó a una habitación. Yo sabía que ese no era el camino, ese sitio lo conozco desde hace años, pero fingí inocencia y sorpresa. Nos miramos a los ojos y le dije con la voz entrecortada por la excitación que me daba gusto verla y que podía hablarme, que a la distancia presto mayor atención. Nos besamos. Nos arrojamos a un colchón y nos respirábamos. Recorrí sus piernas con mis manos empujado por el instinto, la elegancia y el placer que no quería volver vulgar -quién sabe si eso sea posible-. Quise mirar lo que ocultaba su blusa y ella me ayudó. Transformé mis labios en una arma de placer y entonces ataqué lo que me ayudó a observar. Una mirada pasó y nos detuvimos.
Casi cuarenta minutos y eso pienso. Una guitarra al fondo y una voz que quiero lograr. Así es la primera dosis.
M. Téllez.
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